En la India se celebra un espectáculo mezcla del encierro de San Fermín y el rodeo

Nueva Delhi: Jagan ni es corpulento ni parece especialmente fuerte. Debe ser rápido y valiente. Con su corta estatura y su mirada brillante y despierta, este joven estudiante de económicas se regodea en su triunfo: ha logrado una moneda de oro por cruzar la meta agarrado a un toro. Son los San Fermines del estado indio de Tamil Nadu. Un peligroso juego donde, en más de una ocasión, participantes o espectadores han perdido la vida en embestidas taurinas.
Durante la celebración de la festividad de enero del Pongal, donde se venera al sol y a las vacas, un espectáculo destaca por encima de los demás. Son las corridas de toros o Jallikattu, como se las conoce en la India. Estos eventos son una mezcla del encierro navarro y el rodeo americano. Antaño, esta tradición, cada vez más popular, era considerada un acto de valentía para impresionar a la futura esposa. En la actualidad, los hombres, descalzos y desprotegidos, se juegan el tipo, como dice Jagan, «para divertirse entre amigos y pasar una jornada llena de adrenalina con el venerado animal».

Aguantar la estampida

Cierto es que emoción no le falta a la fiesta. Un toro, adornado con flores y pintado con llamativos colores, es sacado a la arena donde aguardan en masa unos 300 domadores, inexpertos y en tensión. El objetivo es agarrarse a la chepa que tiene el toro indio detrás de la cabeza y aguantar su estampida hasta que el animal cruza la línea de meta. Si alguno de los jóvenes y no tan jóvenes lo logra es recompensado con una moneda de oro, un objeto para el hogar o una bicicleta. Si el toro no es alcanzado, el dueño del animal gana el premio.
Este curioso evento tiene lugar en varias localidades del estado. En uno de los encierros más populares, en Palamedu, la colorida y calurosa jornada se saldó este año con un espectador muerto y un centenar de accidentes; en su mayoría, leves. En Allanganallur, de donde el evento es originario, las medidas de seguridad fueron más eficaces y únicamente se computaron 52 heridos.
A pesar de que el espectáculo no es tan sangriento como una corrida de toros española, también tiene sus peligros. El cuerpo a cuerpo entre el toro –de menor tamaño pero mayores cuernos que uno ibérico– y el voluntario participante puede acabar en una desgracia. En realidad, parece un milagro que los accidentes, por lo general, no vayan más allá de pequeños rasguños y grandes sustos. A continuación, y en lo que acaba resultando más peligroso, el animal encara varios cientos de metros de pista libre a toda pastilla y, a veces, profundamente enfadado. En Palamedu, este año la pista, de medio kilómetro, estuvo vallada hasta que los asistentes echaron al suelo las maderas de contención. A partir de entonces, el descontrol, con cientos de chanclas por el suelo y animales al acecho del público, elevó el evento a la categoría de batalla campal. Los asistentes, unos 50.000, se encontraron sin espacio para correr y con el toro campando a sus anchas, a diestro y siniestro, hasta que su dueño consiguió domar a la bestia enfurecida. Y las mismas pautas se repiten con los casi 500 toros que participan al día en un evento de este tipo.
Desde el lugar donde se dan los primeros auxilios a los accidentados se alegraban, al menos, de que las vallas hubieran aguantado hasta la mitad de la jornada, lo que ocurría por primer año. El jefe de los servicios de ambulancia, G. Thanigaivel Murugan, recordaba cómo «el año pasado, después de una hora, ya no estaban en pie los sistemas de seguridad, lo que ocasionó accidentes más graves».

Tradición cuestionada
Hace tres años, la tradición popular estuvo severamente cuestionada por algunos activistas defensores de los animales, por lo que los políticos tamiles adoptaron una serie de medidas de seguridad. Así, se acordó colocar vallas y realizar chequeos médicos a los dos bandos participantes. Los hombres no pueden ser menores de 18 años, deben encontrarse en plena facultad física y no deben tomar alcohol antes del evento. En cuanto a los animales, también pasan pruebas veterinarias y se vigila que no hayan sido obligados a ingerir bebidas etílicas para provocar, aún más, su furia.
Para los extranjeros asistentes, los parecidos entre la tradición hispana y la hindú son evidentes. Si bien las preferencias por el espectáculo se reparten, todos parecen de acuerdo en que es mejor ser un toro indio y un espectador español. Razón no les falta.
Fuente: El Periódico.com 22/01/2010

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